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Una máquina le arrancó las manos, se las reimplantaron y ahora hasta toca la guitarra

Una máquina le arrancó las manos, se las reimplantaron y ahora hasta toca la guitarra

Los deseos de vivir y de sentirse útil y la tenacidad para lograrlo fueron las herramientas que empuñó el catamarqueño Oscar Afredo Flores, de 31 años, para recobrar la autonomía de sus manos reimplantadas hace tres años, tras sufrir un accidente laboral que le arrancó los miembros superiores. Y lo está logrando gracias a su obsesión por rehabilitarse.


Hoy se abraza a la guitarra como “cuando era chango y tenía una banda de rock” y hasta se da maña para hacer sonar el encordado con un par de dedos… “Tocar la viola me reconforta el alma y me hace sentir vivo. Mi fisioterapeuta mi indujo a desenfundarla para que la use como herramienta terapéutica, y fue una sorpresa descubrir que podía hacerlo. Es una bendición de Dios tener mis propias manos de nuevo… Mi próxima meta será recuperar la movilidad y la sensibilidad fina…, me llevará tiempo, pero sé que lo conseguiré.”, asegura Alfredo con convicción. Los artífices de tanta fortaleza, según él reconoce, fueron el buen trabajo del equipo médico que lo atendió y el apoyo incondicional de su madre y familiares cercanos.

Se accidentó en Catamarca el 24 de mayo de 2011, y en un veloz operativo, Alfredo fue traído al Sanatorio del Norte de la capital tucumana. Dos equipos médicos, que dirige el doctor José Urpi, estaban esperándolo en el quirófano. En una intervención quirúrgica que demandó 10 horas, le reimplantaron los dos miembros. Alfredo quiso contar a LA GACETA, en primera persona y paso a paso lo que le ocurrió hace tres años, y qué está haciendo para recuperar la funcionalidad de sus manos.

“Soy técnico electromecánico especializado en electricidad: me encargo de la automatización, de la programación, de la parte lógica de la máquina (la electricidad mezclada con la neumática y la hidráulica). Mientras intentaba reparar una enfardadora de algodón en mi trabajo, inexplicablemente la máquina comenzó a funcionar. Me aprisionó los dos brazos, me arrancó primero la mano izquierda y me cortó luego el brazo derecho (a la altura del antebrazo). Aún recuerdo el crujir de mis huesos al quebrarse, el dolor del desgarro y el miedo a morirme desangrado y a dejar a mis tres hijos sin padre…

– ¿Quiénes te auxiliaron?

– En ese momento estaba solo. Salí corriendo al interior de la fábrica y pedí que llamen una ambulancia. Mis compañeros se impresionaron al verme bañado en sangre y sin mis manos… Yo sentí que debía estar consciente para indicarles cómo tenían que ayudarme. Me acosté en el piso. Les pedí agua para tomar y para que me mojen la cara, les dije que me sostengan los brazos desde los tríceps y que me hagan torniquetes… También les pedí que busquen mis partes amputadas y que no dejen de hablarme. Quería escucharlos para saber que estaba vivo (su voz se apaga).

– (Silencio) ¿Te obedecieron…?

– Hicieron lo que pudieron hasta que llegó la ambulancia. El médico comenzó a atenderme en la fábrica. Pidió mis partes amputadas y aún no las habían buscado. Yo gritaba que me saquen de ahí… Le supliqué al médico que pida otra ambulancia para que trasladen mis manos, porque yo no podía esperar más, había perdido mucha sangre… (baja la cabeza y respira profundo con sus ojos húmedos)

– Te desmayaste…

– No. Me llevaron al hospital San Juan Bautista. El viaje me pareció eterno. Me atendieron rápido. Me cortaron toda la ropa, me envolvieron con mantas, me pusieron suero y calmantes, y me sacaron sangre para ver qué grupo tenía. Yo les gritaba: ¡soy cero positivo, busquen en mi billetera todos los datos…!

– ¿Seguías lúcido…?

– Sí. Llegó mi madre y puse los brazos vendados bajo la frazada para que no los viera. Le dije que ya me estaban atendiendo, que estuviera tranquila para que yo también pueda estarlo. Luego llegó mi pareja. No la dejaron entrar. Escuché sus gritos. Empecé a ver borroso y a perder fuerzas. Pensé que me estaba muriendo y les pedí a los médicos que me durmieran.

– ¿Sabías que te iban a traer a Tucumán?

– Creo que no. Me desperté con una máscara de oxígeno, veía poco y no sabía dónde estaba. “Estás bien, ya te reimplantaron tu brazo y tus manos”, me dijo mi madre al oído. A medida que me despertaba me mostraba las puntas de mis dedos, me avisó que estaba en terapia intensiva del Sanatorio del Norte, en Tucumán. ¡Estoy vivo, con mi brazo y mis dos manos! ¡Esto es un milagro!, pensé, y comencé a llorar. Lloré y lloré de felicidad por estar vivo…

Este tramo de la charla transcurrió mientras Alfredo descargaba con sus manos un pendrive con sus fotos en el gimnasio y tocando la guitarra. Periodistas y fotógrafos lo observaban en silencio. La charla siguió durante el almuerzo que aceptó compartir con LA GACETA y que se detalla a continuación.

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