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Un accidente “menor” también te cambia la vida

Un accidente “menor” también te cambia la vida

IECO Clarín. La suerte de salvarse. En la Argentina mueren cerca de 7.500 personas por año en accidentes. Pese a que el autor estuvo lejos de esa situación, la nariz dañada y el brazo hecho trizas necesitaron cuatro operaciones y transplantes de piel. Una historia sobre el después del choque.

El dieciocho de diciembre de 2009, cuando volvíamos de la clínica de La Horqueta donde mi mujer se estaba rehabilitando, después de haber sufrido la rotura de un aneurisma en agosto de ese año, el remís en que viajábamos fue aplastado por el auto posterior, en un choque en cadena provocado, al parecer, por un colectivo sesenta que se había quedado sin frenos.

El desastre tuvo como consecuencia inmediata en mí un arranque de incredulidad ante el hecho de que eso estuviera pasando, estuviera pasándonos , mientras me sostenía el brazo roto y lo miraba como si fuera un diagrama anatómico. En efecto, se podía ver todo lo que ocurre debajo de la piel. Alguien me extendió algo para hacerme un torniquete, y ante mi torpeza (el brazo herido era el derecho), me lo hizo. La prenda la había alcanzado mi mujer, pero no fue ella la que siguió con la acción. Alejandra había quedado apresada junto con su mamá en la parte trasera del automóvil, sin lastimaduras, como me enteré más tarde. Yo seguía pensando que una intervención o un conjuro iba a sustraernos. Al sujeto del accidente le queda este recurso para no añorar hasta la inacción al remoto y sedentario precursor de ese yo del azar.

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El vidrio de la ventana lateral se había pulverizado sobre mi brazo. La ambulancia tardaba. El único visiblemente herido era yo. Tenía la cara ensangrentada también, podía verla por el espejo retrovisor. Hubo que romper el automóvil para poder sacar a Alejandra y a su mamá. Empezaban a hacerlo, con –soñé esa noche – unas especies de palas o remos cuando llegó el patrullero. Fuimos a toda velocidad a La Trinidad de San Isidro. Venía conmigo el chofer, más asustado y abochornado que contuso.

Por algún motivo o disposición que ignoro, a mi mujer, a su mamá y a mí nos mandaron a tres lugares distintos. Bajé, el chofer al lado pidiendo disculpas. Mi recuerdo es que llegué solo, con mi brazo a cuestas, a una sala, una especie de teatro quirúrgico, donde me tendieron en una camilla y seis o siete personas se ocuparon de mí, sin parar de hacerme preguntas.

¿Me había golpeado la cabeza?

¿Había comido algo antes de salir? ¿Era alérgico a algún medicamento?

El médico de guardia, que se había presentado, y al que nunca volví a ver para agradecerle, se comportó con mucho aplomo, y hasta deslizó algunas bromas tranquilizadoras, a sabiendas de que, aunque mi aspecto era desalentador, no se trataba de algo grave. En principio, yo estaba avergonzado de yacer delante de tantas personas que me examinaban, varones y mujeres, y ese era el núcleo de mi trastorno hasta que me taparon. Habían colocado el brazo afectado sobre algo, como si fuera independiente de mi cuerpo.

Aislar un brazo que uno mira con terror porque prevé su pérdida parecía, sin embargo, un acto contingente; garantizaba la continuidad del relato, que yo me prometía escribir, porque así es la cosa, en caso de seguir vivo.

Teníamos que esperar dos horas, por lo menos, para que me operaran. Antes, había que sacar las radiografías pertinentes y hacer la tomografía. ¿O era una resonancia magnética?

Cuando uno avanza mirando el techo, la vida adquiere un grado de sucesión fanática nunca antes advertido, beneficio implícito de cualquier realismo sin remordimientos. Una enfermera llegó para inyectarme un sedante. ¿Era yo alérgico? ¿Tomaba alguna medicación?

Antes de dormirme la primera vez, llegó Pamela, hija de mi mujer, a quien su novio, después de que alguien los llamó, había traído a toda velocidad en moto. Mi aspecto debía de ser impresionante, porque se puso a llorar de inmediato. Después llegó Alejandra con su bastón. Ella estaba bien. Lo único que importaba ahora era yo, me dijo. Después llegaron los camilleros para llevarme al lugar donde me sacarían las radiografías.

La anestesista me pidió que contara hasta diez, con la delectación dictada de que no llegaría a siete. Me desperté ante la mano tendida del traumatólogo, quien prometió darme el alta el lunes a primera hora. Había hecho todo lo posible, pero había que ver también cómo evolucionaba todo. El cirujano plástico trabajó simultáneamente en mi cara. Tenía un diagnóstico que me dijo y que olvidé. Después lo sabría. Con el regusto lúcido tan distanciado de ese saber a medias impuesto por la anestesia.

Antes de medianoche, había hablado por teléfono ya con Alejandra y mi hijo Pedro en casa. Pedro contenía el susto con exceso de afecto verbal, alarmado, asustado. Me invitaron al cumpleaños de Keith Richards en Nellcote, la villa en la Côte de Azur donde grababan Exile on Main St.

Los bordes, los recortes que yo agradecía, las largas piernas desnudas de Anita Pallemberg, todo ocurría en un registro sustancial y tenía su fuente en el casorio de Mick Jagger con Bianca en los tempranos setenta y en las fotografías de Exile on Main St., ceremonias de despilfarro de imágenes con salida al mar de mi memoria. Unos ruidos al pie de la última puerta me obligaron a mirar atrás.

Rompían el auto de la comitiva en que veníamos con picos, con palas. ¿Con remos? El sueño protector de la vigilia. Un amigo psicoanalista me dijo que sólo las histéricas sueñan lo que quieren, los obsesivos nunca.

Anoté el sueño más de tres meses más tarde, cuando recuperé parcialmente el movimiento de la mano derecha, en la libreta que me trajo al día siguiente el chofer, donde interrumpe una especie de novela juvenil – La isla de las lentejas (que escribía con el pausado propósito de evadirme del presente, después de haber leído una historia de Walter de la Mare)–, que interrumpía a su vez una lista interminable derealia (inusual en mí): comentarios de neurólogos, apuntes y harapos extraídos de Internet y de diccionarios médicos, horarios de informes y de combis, direcciones de clínicas y planos para llegar a Escobar o a La Horqueta.

Nunca fui muy racional, pero soy, por imposición artificial de razones, impaciente, preciso. Ahora era paciente, impreciso. La enfermera me dijo que no dudara en llamarla cuando necesitara ir al baño. Preferí desplazarme con los agregados portátiles, como lo había visto hacer a Charlie Feiling (sin la elegancia de él).

La mañana siguiente vinieron a verme mi sobrino Daniel y Raúl Brasca, que había llamado después de un viaje a casa y se había enterado de todo de una: un resumen de apretadas catástrofes. Fueron las mejores compañías en ese aislamiento transitorio. Después de oír ese mismo relato desordenado por la vehemencia, el traumatólogo que me había prometido el alta el lunes cumplió su palabra a primera hora, con su honestidad, discreción y gentileza habituales. Qué condición funcional o dislocada es la dicha: yo estaba feliz. Mi hermana me había venido a buscar, porque el alta de la cirugía de nariz tenía que dármela en el Hospital de San Isidro otro médico. El cirujano plástico fue más optimista que el cirujano del brazo.

Mi nariz quedaría perfecta pese a la fractura de tabique (yo había tomado la precaución de ser aguileño desde mi nacimiento), pero tendría que llevar hasta la Navidad, amenaza próxima, un vendaje. El brazo tampoco tenía yeso, sólo vendas.

Cuando subíamos al remís, el chico que cuidaba la playa de estacionamiento, que me había visto llegar todo ensangrentado en el patrullero dos días antes como si me hubiera batido con la policía (casi escribí “con la Justicia”), y me veía salir vendado ahora como una momia, gritó: “¡Alta delincuencia!” Nunca antes había adquirido una reputación tan rápidamente.

Cada consulta al cirujano del brazo exigía un viaje a San Isidro, ya que atendía ahí. Tenía fractura expuesta de radio, cuatro falanges comprometidas que exigirían –por lo menos dos de ellas, clavos –, y un problema urgente con la carne y la piel sometidas a la constelación de vidrios que había caído sobre ellas. Mi brazo, cárdeno y en apariencia desollado en el momento del accidente, a esa altura, desde la muñeca hasta el tramo en que se ensancha el antebrazo, tenía el color de la piel de un hipopótamo. Necrosis, me dijo el médico. Otra contribución del lenguaje técnico a la enciclopedia de mi angustia. El traumatólogo sacó fotos con una camarita digital para consultar a otro cirujano y a un dermatólogo. De acuerdo con lo que pudieran ver, se impondría un trasplante de piel o “un colgajo”. Esta última palabra me aterraba, con resonancias visuales –para ser moderados – de Goya y de Bacon.

Pasamos (hasta la fecha, no hay que olvidarse de añadir) la peor Navidad de nuestras vidas. Poco después, en una clínica cercana a casa, empecé mi rehabilitación. No fue fácil. Por la mañana, volvía a la empresa en la que había trabajado más de veinte años para reconocer caras de poco amigos, excitadas, en una especie de ateneo de estupor. Sólo los muy amigos parecían seguir siéndolo. La ansiedad de los otros no era sana. Y los otros eran tantos que satisfacían la superficie del infierno de Sartre. Trataban de transmitirme algo que era más ofensivo, creo, que lo que sospechaban. Para eso, por supuesto, no hay palabras. Me contaron, entre otras cosas, que habían exorcizado la oficina en la que trabajaba para librarse de “mi mala suerte”. Cierto que la empresa estaba en manos ya de fundamentalismos dudosos y usando fórmulas devastadoras. Cuando pude llevar por escrito el alta final del médico, tenía cita en la oficina de quien dirigía la empresa, a mi juicio alguien opaco del que nunca pude discernir entre lo que simula y lo que siente. En ceremonia breve, en la que su voz sorda emitía los argumentos que podían esgrimirse en mi contra en caso de que iniciara juicio, receloso y cabizbajo, me echó. Las condiciones económicas, ridículas, no competían, pese a la avaricia, con la verdadera condición de conveniencia: no verlo más.

Había llevado cuatro operaciones con anestesia total solucionar el problema de mi brazo, y era, de esa etapa nefasta, el único trámite exitoso. El aporte de queloides sigue confiriéndole el retrato de un remiendo de piel joven – porcina – con los bordes siniestros de una cicatriz similar a un ciempiés. “No queda mal”, dice mi hijo, “parece un tatuaje”.

 

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