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Christopher Dejours en Rosario: “Trabajar no es sólo producir, es vivir juntos”

Christopher Dejours en Rosario: “Trabajar no es sólo producir, es vivir juntos”

El psicólogo francés disertó sobre el sufrimiento y el placer en el mundo laboral. El estudioso de trabajo señaló que las defensas colectivas y la cooperación son condiciones para la salud mental.

Perfil. “Las personas más vulnerables a las patologías mentales del trabajo son los que se comprometen más con la empresa”, dijo Dejours.

El crecimiento de patologías como el burnout (síndrome de desgaste profesional), el karoshi —un término japonés que significa muerte por exceso de trabajo— el dopaje, el acoso, las depresiones y el extremo del suicidio, ponen en un plano de discusión urgente las nuevas formas de organización del trabajo capitalista, profundizadas en los últimos veinte años fundamentalmente a través de la metodología de evaluación individual de la performance del trabajador, que produjeron una explosión de padecimientos que no sólo están vinculados con el desempeño individual sino con la ruptura de los lazos colectivos.

“Trabajar no es solamente producir, también es vivir juntos”. La sentencia fue pronunciada por el psiquiatra y psicoanalista francés Christophe Dejours, profesor del Conservatorio Nacional de Artes y Oficios y director del Laboratorio de Psicología del Trabajo de Francia, quien estuvo tres días en Rosario donde dictó tres conferencias para analizar la situación (ver aparte).

El prestigioso teórico que puso en discusión en el campo del psicoanálisis la problemática del sufrimiento en el trabajo y polemiza con usinas de pensamiento tradicional como la Escuela de Frankfurt, considera que la cooperación, es decir un trabajo fundado en reglas colectivas, “es el mediador más común del vivir juntos en democracia, porque las personas tienen más espacio para pensar y pueden beneficiarse de la ayuda y la solidaridad de los otros”. Por tanto, “es la condición de la salud mental”, sentenció.

“Cuando un trabajador se suicida significa que el hecho de vivir juntos, más teóricamente, el mundo social del trabajo, fue destruido”.

—Ud. mencionó que la cooperación es la condición de la salud mental y atendiendo a las situaciones cada vez más frecuentes de enfermedades y padecimientos, ¿el trabajador perdió la batalla en el contexto laboral actual?

—Sí, de alguna manera. Porque últimamente a causa de los suicidios en el trabajo fue que empezamos a darnos cuenta de esto (En Francia hubo en medio de la crisis y de las reestructuraciones empresarias casos resonantes de suicidios en el ámbito laboral). Por un lado, es un acontecimiento reciente, no existía, antes las personas no se suicidaban en los lugares de trabajo. Cuando un trabajador se suicida en su lugar de trabajo demuestra que no es solamente su propio problema, sino que significa una transformación en profundidad y una alteración de las relaciones en el conjunto del mundo del trabajo en el que él interviene. La realidad son todas las formas de relación, principalmente las relaciones de cooperación, pero no únicamente, hay otras. Trabajar no es solamente producir, también es vivir juntos. Cuando un trabajador se suicida significa que el hecho de vivir juntos, es decir de manera más teórica, el mundo social del trabajo, fue destruido. A partir de los suicidios en el trabajo nos dimos cuenta de la importancia de las solidaridades, es decir de este mundo social del trabajo que desemboca en la conclusión de que nuestra salud mental no depende solamente de nuestro talento individual, de nuestro genio propio, de nuestra personalidad. También depende mucho de la ayuda y del reconocimiento de los otros en el trabajo. A propósito del trabajo y sobre el trabajo. Si estamos tomados como blanco de la injusticia, de la persecución o el acoso, no es lo mismo estar solos y que todos los demás den vuelta la cabeza o beneficiarnos simplemente con el reconocimiento de los otros. En realidad, este simplemente es muy complicado porque supone un sentido común de la justicia. Cuando ocurre un suicidio esto no significa solamente el fin de la solidaridad sino que también significa la ruptura del sentido común e incluso el sentido común de la justicia. La gente ya no sabe, en el contexto actual, con las nuevas formas de organización del trabajo, con la guerra económica, si el tratamiento que está dado a un colega es justo o injusto, bueno o malo. Mientras que hace 20 años todo el mundo sabía que eso estaba mal y todo el mundo lo decía. No estar solo no es lo mismo que encontrarse solo, incluso los más sólidos de nosotros. Cuando somos tomado como blanco, si nadie alrededor nuestro da testimonio, corremos el riesgo de ser cuestionados. Ahí hay riesgos psíquicos.

—En su disertación hizo referencia al reconocimiento como uno de los pilares de la constitución de la subjetividad del trabajador a través de dos instancias, el juicio de utilidad (económica, técnica, etc) y juicio de belleza a través de la mirada de los pares. ¿Las empresas manipulan esta necesidad promoviendo formas individualistas de trabajo?

—Puede ser. Existen situaciones en las que las empresas manipulan el reconocimiento. Esto no funciona con todo el mundo. Los más vulnerables a esta manipulación son los que se comprometen profundamente con sus trabajos y que no tienen capacidad de mantener cierta distancia crítica con respecto a la empresa. Cuando este compromiso es muy profundo, cuando las personas creen en las empresas se pueden dejar atrapar por reconocimiento. Pero sólo a través del juicio de utilidad, porque el de belleza es el de los colegas, el de los pares, y es muy difícil de obtener y no puede ser manipulado de la misma manera. Pero de hecho, en el contexto actual donde el reconocimiento de los pares es muy difícil, porque la deslealtad es muy frecuente, muchos asalariados se cuelgan casi desesperadamente al reconocimiento del juicio de utilidad. Ahí estamos en una situación peligrosa. Es una paradoja, pero las personas más vulnerables a las grandes patologías mentales del trabajo son los que se comprometen más por la empresa. Nuestra generación, enfrenta una situación difícil. ¿Qué hay que decirles a los niños, a las futuras generaciones, que hay que comprometerse con el trabajo, que hay que quedarse a distancia? Hace 30 años no había ninguna dificultad, había que trabajar, porque el trabajo contenía una promesa de emancipación. Ya no es más así. Esto pone a nuestra generación en una situación difícil pero sobre todo a los más jóvenes porque hay un peligro en creer en la empresa y en creer en el trabajo. Porque tanto en países como Francia y otros, las organizaciones sindicales mismas en los últimos años han traicionado al trabajador y si entramos en conflicto con la empresa no podemos contar con la lealtad de los sindicatos. Entonces, el juicio de reconocimiento es recuperable pero en circunstancias muy particulares. Primero, juicio de utilidad no de belleza; segundo, ruina o destrucción del juicio de belleza por la evaluación de performance individual y de las fracturas de la sociedad. Incluso en ámbitos muy estructurados, por ejemplo entre la comunidad científica —lo veo en Francia pero en otros lugares como Australia, varios países de Europa y Canadá— no hay más solidaridad entre los colegas y no se puede contar con la lealtad de otros científicos para reconocer su trabajo. El mundo de la investigación está mal, hay ahora muchos suicidios entre jóvenes. Es un verdadero problema.

—La sociedad francesa fue pionera en la defensa de los derechos laborales, ¿cómo se enfrenta a esta nueva organización del trabajo y en medio de la actual crisis?

—Muy mal. Con el debilitamiento de los sindicatos, el punto de apoyo principal para hacer frentes a estos nuevos métodos de organización es el derecho, los juristas, abogados, magistrados, que mediante sus dictámenes contribuyen a hacer evolucionar las leyes, es lo que llamamos la jurisprudencia y ella permite reconquistar nuevos derechos contra esta formas de organización del trabajo. Hubo juicios en los cuales la introducción de parte de una empresa de nuevas formas de organización incluso fue prohibida por tribunales sobre la base de la denuncia de un sola persona, pero el proceso terminó en la Corte de Casación, con una jurisprudencia que vale para toda Francia y hay varios de estos casos. Ese es el punto de apoyo más importante debido al debilitamiento de los sindicatos.

—O sea que es un debilitamiento de la presión política sindical y en pos de la jurisprudencia.

Sí, es así.

—Ud. planteó que el sufrimiento en el trabajo venía acompañado del sufrimiento ético, aquello que el trabajador debía hacer pero reprobaba moralmente, ¿todos los trabajadores que están sometidos a la nueva organización del trabajo experimentan eso o pueden escindirse?

—No todos. Entre los trabajadores cierto número de ellos, por el contrario, gozan de esta situación porque sacan provecho de ella, hacen carreras fulgurantes ejerciendo el poder de cometer injusticias y hacer sufrir a los demás en su goce. Las empresas necesitan personas así y esos no sufren. Después hay una parte importante de trabajadores que encuentran un acomodamiento psíquico muy particular que les permite participar en actos que reprueban moralmente pero gracias a estrategias de defensa colectivas, no sólo individuales se descargan del sufrimiento ético. Hay mucha estrategias que fueron inventadas y hay otras especialmente inventadas por los cuadros (empresariales) sobre todo la estrategia del “cinismo viril”, en la cual los mandos superiores cultivan entre ellos concursos para ver quién va a lograr hacer despedir la mayor cantidad de asalariados. O para reducir al máximo el número de personas en sus servicios manteniendo la productividad al máximo. Organizan concursos y los asocian a la demostración de fuerza, de coraje, que siempre están ligadas a un sistema de valores ligado a la virilidad. Es un hombre, aquel que es no solamente capaz de sufrir sin decir nada sino sobre todo que es capaz de infligir sufrimiento al otro. Un hombre debe poder hacer sufrir al otro, ese es un hombre. Un hombre debe poder matar, eso no se le pide a una mujer. Ven ustedes la trampa de la virilidad, que permite invertir lo que llamamos en filosofía la razón moral práctica que es evidentemente no aceptar jugar estos juegos sino rechazarlos y correr el riesgo de perder su empleo.

Más Dejours

En próximas ediciones se publicará el contenido de las conferencias que Christophe Dejours brindó en Rosario en la Facultad de Psicología de la UNR y en La Toma.

lacapital.com.ar

 

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